lunes, 7 de noviembre de 2022

Seguridad en internet

 

El intercambio de información por correo electrónico se ha convertido en una parte fundamental de nuestra sociedad, tanto que el correo de toda la vida está sucumbiendo ante su empuje. Sin embargo, el éxito total del correo electrónico —y en general, de Internet— va a depender de la capacidad de proteger toda esa información que fluye sin cesar por la red de redes.

 

Quizá a muchos de ustedes les suene el nombre de Miguel Strogoff, uno de los grandes clásicos de la literatura de aventuras, escrito por Julio Verne en 1876. En él se narran las andanzas de un agente secreto del zar, Miguel Strogoff, que es enviado desde Moscú hasta Siberia para cumplir una delicada misión. Deberá recorrer de incógnito 5,000 km plagados de enemigos y peligros, e infiltrarse entre los tártaros, que se han sublevado e invadido Siberia. A lo largo de su viaje se verá envuelto en las más extraordinarias aventuras, todo para alcanzar el éxito en su misión ¡que es entregar un importante mensaje al gobernador de Siberia!

 

Al igual que los mensajes en una botella y las palomas mensajeras, los correos del zar son recuerdos de otras épocas en las que la comunicación humana a larga distancia era complicada y poco segura. Hoy en día la situación es muy diferente. Y aquí es donde entra en juego la criptografía.

 

Clave secreta

 

Desde que se inventó la escritura, la criptografía ha estado al servicio de gobiernos y ejércitos para mantener canales de comunicación seguros y confidenciales. Actualmente se ha convertido en una ciencia pública, y está al alcance de todos para proporcionar seguridad a nuestras piezas de información más valiosas.

 

La criptografía es la técnica de transformar un mensaje inteligible, que llamaremos texto llano, en otro que sólo puedan entender las personas que estén autorizadas a ello, y que se llama texto cifrado. El proceso para cifrar el texto llano requiere de un conjunto de reglas preestablecidas entre quienes se comunican, a las que llamaremos la clave.

 

He aquí un grave inconveniente de estos sistemas: si dos personas quieren mantener una comunicación segura, primero tienen que ponerse de acuerdo en los detalles de la clave. ¿Pero cómo pueden hacerlo a su vez de una manera segura? ¿Qué pasa si, por ejemplo, están separados por miles de kilómetros? En el momento en que un espía interceptase la clave, ya no se podría garantizar la seguridad de sus comunicaciones. Lo más prudente sería cambiar la clave cada cierto tiempo para mantener la seguridad, pero una y otra vez se corre el riesgo de que la nueva clave sea interceptada.

 

Desde la Segunda Guerra Mundial, el problema de la distribución de claves se convirtió en el mayor desafío de los criptógrafos.

 

La computadora a escena

 

Un factor decisivo para la criptografía moderna fue el desarrollo, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, de la computadora. En un principio, la computadora fue una herramienta al servicio del criptoanálisis, ciencia que desarrolla técnicas para descifrar un mensaje sin conocer su clave. Ya durante la Segunda Guerra Mundial, máquinas como Colossus o La Bomba, auténticos precursores de la computadora moderna, tuvieron un papel fundamental para descifrar mensajes encriptados con Enigma, la máquina utilizada por los alemanes para cifrar sus comunicaciones. Después de la guerra, los criptoanalistas continuaron usando las computadoras para descifrar todo tipo de mensajes en clave.

 

Pero no fueron los únicos que se beneficiaron de sus ventajas. Conforme las computadoras se fueron haciendo más potentes y baratas, penetraron cada vez más en la sociedad. Las empresas empezaron a adquirirlas, atraídas entre otras cosas por su capacidad para cifrar comunicaciones importantes. “¡La competencia ya no se entrometerá en nuestras negociaciones secretas o en las transferencias de dinero!”, debió pensar algún alto ejecutivo.

 

Pero enseguida se puso de manifiesto la necesidad de solucionar el problema de la distribución de claves. Imagínate que un banco quiere enviar ciertos datos confidenciales a un cliente a través de una línea telefónica que sospecha está intervenida y, créeme, éste puede ser un caso muy real. El banco decide cifrar la información, por lo que elige una clave. Y ahora, ¿cómo hace llegar esa clave al cliente? Enviarla a través de la línea telefónica sería una temeridad. La única forma verdaderamente segura sería entregarla en mano. Pero ¿es viable esta opción? ¿Qué ocurre si el banco tiene miles de clientes distribuidos por todo el mundo? Puede que esta solución fuera satisfactoria a nivel local, pero a medida que fuera creciendo el tamaño de la red de negocios, el problema de la distribución de claves se volvería una auténtica pesadilla para las empresas.

 

Revista Cómo ves consultado en: https://www.comoves.unam.mx/assets/revista/69/seguridad-en-internet.pdf

Autor: Daniel Martín Reina


Selecciona la respuesta correcta:

 

1. Son dos subtemas esenciales del texto:

 

a) La criptografía antigua y los correos del zar

b) La sociedad actual y las palomas mensajeras.

c) La Segunda Guerra Mundial y la novela de Julio Verne

d) La importancia del correo electrónico para la sociedad actual y los mensajes en botella

 

2. En el texto, la palabra inteligible, que aparece en negritas en el quinto párrafo, significa que:

 

a) es secreto

b) es peligroso

c) es incomprensible

d) puede ser entendido

 

3. Elige el enunciado en el que identifiques una relación causa-consecuencia:

 

a) Pero no fueron los únicos que se beneficiaron de sus ventajas

b) Conforme las computadoras se fueron haciendo más potentes y baratas, penetraron cada vez más en la sociedad

c) Las empresas empezaron a adquirirlas, atraídas entre otras cosas por su capacidad para cifrar comunicaciones importantes

d) “La competencia ya no se entrometerá en nuestras negociaciones secretas o en las transferencias de dinero”, debió pensar algún alto ejecutivo

 

4. ¿Por qué la criptografía es una herramienta importante para los gobiernos y los ejércitos?

 

a) Porque envían mensajes peligrosos

b) Porque es una tradición muy antigua

c) Porque manejan mucha información confidencial

d) Porque manejan mucha información poco confiable

Detectores de mentiras

 Esto creó un problema: los malos mentirosos se ponen nerviosos. Como Pinocho, se delatan por movimientos no verbales involuntarios. La evidencia experimental indica que los humanos tienden a hacer inferencias sobre el estado mental de otras a partir de la mínima exposición de información no verbal. Como algún día expresó Freud: «Ningún mortal puede guardar un secreto. Si sus labios guardan silencio, habla con sus dedos; la traición es exhalada por cada uno de sus poros». En un esfuerzo por sofocar nuestra creciente ansiedad, elevamos automáticamente el volumen de nuestra voz, nos ruborizamos, sudamos, tocamos nuestra nariz o hacemos pequeños movimientos con nuestros pies.

 

Los biólogos proponen que la función de mentirnos a nosotros mismos es más fluida que la de mentir a otros. La primera nos ayuda a mentir sinceramente, sin saber que estamos mintiendo, sin alguna necesidad de pretender que decimos la verdad. Por tanto, una persona que se miente a sí misma dice la verdad según su propio conocimiento, y creerse sus propias historias, le ayuda a ser más persuasivo.

 

Fuente: Revista Algarabía

¿Por qué mentimos? (Fragmento 2)

Las plantas y los animales se comunican con otras especies mediante sonidos, ciertos rituales, colores, compuesto químicos y otros métodos, y los biólogos están de acuerdo en que la función de estos sistemas es la de trasmitir información precisa. Sin embargo, por lo que hemos aprendido, otras especies ponen mucho esfuerzo en transmitir mensajes inciertos.

 

La orquídea espejo, por ejemplo, despliega hermosas flores azules que imitan el abdomen de una avispa. Además, fabrica un coctel de químicos que simula las feromonas desarrolladas por las hembras para atraer a su pareja. Estas claves visuales y olfativas desilusionan a los avispones machos que llegan a la flor, pero también provocan que una cantidad considerable de polen se adhiera a su cuerpo mientras intentan copular con la plana.

 

Varias criaturas desarrollan mecanismos similares.

 

Por ejemplo, al aproximarse algún depredador, la inofensiva serpiente de nariz de cerdo mueve su cabeza, actúa como una cobra y finge golpear agresivamente todo, manteniendo su boca discretamente cerrada.

 

Fuente: Revista Algarabía

¿Por qué mentimos? (Fragmento 1)

Nuestros cerebros comienzan a prepararse para la acción justo un tercio de segundo antes de que conscientemente decidamos actuar. En otras palabras, a pesar de las apariencias, no es la parte consciente la que decide llevar a cabo una acción: la decisión se hace inconscientemente. Aunque nuestra parte consciente parece tener una parte del crédito –al expresarlo–, es meramente informada desde el inconsciente.

 

Este modelo general de la mente nos da exactamente lo que necesitamos para resolver la paradoja, por lo menos en teoría: somos capaces de mentirnos; contamos con un filtro cognitivo ente la parte inconsciente y la consciente, que adelanta la información antes de que esta llegue a la parte consciente, y evita que ciertos pensamientos proliferen en los recorridos neuronales hacia la parte consciente.

 

Pero, ¿por qué sería necesario filtrar información?

 

Considerando desde una perspectiva biológica, esta noción presenta un problema. Pero Mark Twain nos legó una maravillosa explicación: «cuando una persona no puede mentirse a sí misma», escribió, «disminuyen sus oportunidades de mentir a los demás».

 

Fuente: Revista Algarabía

domingo, 6 de noviembre de 2022

El almohadón de plumas

 Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.


Autor: Horacio Quiroga

Muerte de Heliodoro Castillo

Las últimas acciones militares de Heliodoro Castillo fueron a finales de diciembre de 1916 en Chilapa y sus alrededores. Durante esos combates su división sufrió bajas considerables y el mismo Heliodoro resultó herido de un pie. Le hicieron curaciones en Apango y de ahí se retiró a Chichihualco, donde vivía su esposa Micaela Nava, quien era nativa de ese lugar y se encargó de su cuidado y recuperación.

El 16 de marzo de 1917 retomó sus actividades revolucionarias en contra de los carrancistas; se instaló en las inmediaciones de Chichihualco y Zumpango. Ahí recibió una carta, posiblemente de Pedro Saavedra, después de leerla la hizo pedazos, no se la mostró a nadie, pero su contenido le causó un gran disgusto, que lo impulsó a dirigirse a Zumpango, haciéndose acompañar únicamente de su escolta Baldomero Alarcón.

En el cerro del Tepetlayo, ubicado en las cercanías de Zumpango, fueron atacados de manera sorpresiva e inesperada. Heliodoro cayó y quedó prensado por el peso de su caballo, llamado «Encanto». Al verse rodeado se pegó un disparo en la boca y murió poco antes de cumplir los 30 años de edad, teniendo como único testigo de su muerte a su escolta Baldomero Alarcón. Al día siguiente fue sepultado con honores en Chilpancingo. Sus restos reposan actualmente en la Rotonda de los Hombres Ilustres de ese panteón municipal.

Primeros pobladores de Tlacotepec

En el territorio actual de la Sierra de Guerrero estuvieron asentadas las siguientes tres culturas prehispánicas: tepehuas, cuitlatecos y nahuas. Los tepehuas ocuparon la zona territorial ubicada entre los municipios de Coyuca de Benítez y General Heliodoro Castillo; los cuitlatecos estuvieron asentados en el territorio de sierra que es común a los municipios de General Heliodoro Castillo, San Miguel Totolapan, Ajuchitlán del Progreso y Coyuca de Catalán; mientras que los nahuas se asentaron en las inmediaciones y alrededores del Río Balsas, principalmente en donde colindan las regiones Centro y Norte de Guerrero.

 

Cada una de estas tres culturas tenía su propia lengua: cuitlateco, tepuzteco y náhuatl, respectivamente. Solo el náhuatl sigue como lengua viva, aunque no en la Región Sierra. La primera lengua en desaparecer fue el tepuzteco, de cuya existencia no se tiene registro desde hace al menos 400 años. El cuitlateco logró sobrevivir hasta mediados del siglo XX, cuando murieron sus últimos hablantes.


En lo que es específicamente Tlacotepec, la cultura que se estableció fueron los tepehuas, de quienes se sabe que sus primeros integrantes llegaron a esta zona alrededor del año 1200 d.C., como resultado de una serie de migraciones procedentes de Nicaragua, Costa Rica y Honduras, algunos de cuyos pueblos comenzaron a emigrar desde Centroamérica hacia México desde principios del siglo X de nuestra era, en reacción a una serie de migraciones que los toltecas estaban haciendo en sentido inverso, esto es desde México hacia Centroamérica, tras a la caída de Teotihuacán.

 

Las migraciones procedentes de Centroamérica alcanzaron la Costa Grande de Guerrero desde principios del siglo X d.C., estableciéndose primero en Tixtlalcingo (actualmente Municipio de Coyuca de Benítez), desde donde continuaron su migración hacia el centro de México, atravesando la Sierra Madre del Sur. Los primeros tepehuas en establecerse en la Sierra de Guerrero llegaron a Xochipala en el año 965 d.C. (en este lugar ya habían estado los olmecas 1500 años antes).

 

Aproximadamente en el año 1200 d.C. otros grupos de tepehuas (de forma independiente a los tepehuas de Xochipala) se establecieron en Izotepec, Yextla, El Naranjo, Corral de Piedra y Tlacotepec. Su centro cultural estuvo ubicado en entre Tecomazúchitl Sur, El Naranjo y Corral de Piedra. Algunos de los pueblos que formaban parte de estas migraciones continuaron su camino rumbo al centro de México, entre ellos estaban los cohuixcas (que se establecieron en el norte de nuestro Estado) y los aztecas (que fundarían Tenochtitlan un siglo después).

 

El estudio de las características de los vestigios de alfarería que se ha encontrado en Tlacotepec y sus alrededores nos permite confirmar que los tepehuas efectivamente eran un pueblo que provenía de Centroamérica, pues la cerámica prehispánica de Nicaragua, Costa Rica y Honduras tiene características muy similares a la de los tepehuas, principalmente en lo que se refiere a sus formas, decoración y soportes de los cajetes.